fbpx
Balthus

Balthus, escándalo y misticismo

Con Balthus no hay medias tintas. Es un artista al que se ama o se detesta.

Considerado uno de los grandes maestros del arte del siglo XX, Balthus es sin duda, uno de los pintores más singulares de su tiempo. Su obra, diversa y ambigua, tan admirada como rechazada, siguió un camino virtualmente contrario al desarrollo de las vanguardias.

Balthus

Su lenguaje pictórico personal, con sensuales desnudos de contornos delimitados, combina técnicas de los maestros antiguos con determinados aspectos del Surrealismo. Sus imágenes encarnan una infinidad de contradicciones.

Balthus es un experto en mezclar polos opuestos: tranquilidad con tensión extrema, sueño con realidad, el misterio con lo cotidiano y algo aún mas original: inocencia con erotismo.

El tema principal que permanece en el aire de sus pinturas es ese halo, ese resplandor luminoso de extrañas emociones que se llama adolescencia.

Balthus

Este artista exigente y caprichoso, fue apadrinado por algunos de los más grandes creadores del siglo XX, sin embargo, empezó a pintar en un periodo de enorme ansiedad cultural, por la invasión del Nazismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Se inició en el Postimpresionismo, de la mano de Pierre Bonnard. Su obra podría situarse entre el Surrealismo y el Realismo Mágico. Pero además, tiene profundas influencias del Renacimiento: Masaccio, Piero della Francesca… del Barroco: Caravaggio y del Naturalismo: Poussin, Géricault, Gustave Courbet

Balthus Klossowski de Rola nació en París en 1908, en una familia ilustrada de origen polaco. Su padre, Erich Klossowski, historiador y profesor de arte, procedía de los cambiantes territorios de Polonia. Su madre, Baladine Spiro, pintora, era hija de judíos rusos escapados de los polgroms. Tras su encuentro en Alemania, se establecieron en Paris, donde nacieron sus dos hijos. Su hermano fue un famoso escritor, Pierre Klossowski.

Balthus

Balthus creció en un entorno marcado por el arte. Por su casa desfilaron artistas que despertarían su talento: Pierre Bonnard, íntimo de su padre y Rainer Maria Rilke, amante de su madre. Pintores célebres como Matisse, Bonnard y Jean Cocteau eran invitados habituales en la casa.

El niño se formó en este ambiente cultural privilegiado, bajo la protección especial del poeta checo-austriaco Rilke. Animado por él, Balthus decidió aprender a pintar en el Museo del Louvre, donde acudía cada día para copiar a los grandes maestros.

En la época de plena ebullición de los “ismos” triunfantes en Paris, jamás siguió los movimientos en boga. En sus largas sesiones como pintor autodidacta en el Louvre, fue un disciplinado copista de David, Poussin y Chardin. Sin embargo, nunca le interesaron las vanguardias.

Balthus

La Primera Guerra Mundial marcó la ruptura de la ensoñación. Su familia escapó refugiándose en Suiza. Sus padres se separaron y su madre se unió a Rilke.

El poeta, que apreciaba el talento del joven de 13 años publicó “Mitsou”, un libro con sus primeras pinturas y escribió su prologó. El protagonista era un gato. El felino aparecerá con insistencia en toda su obra, como testigo mudo de la indolencia de sus personajes.

Con ellos hizo su primer viaje a Italia. Allí echó a volar su imaginación al descubrir los pintores renacentistas. Las obras de Piero della Francesca en Arezzo y las de Masaccio en la Capilla Brancacci, se fundieron en su mente con los estilos de sus admirados franceses como Poussin y Courbet.

Balthus

Balthus conoció en Ginebra a su primera esposa, Antoinette de Watteville. La bella aristócrata, fue madre de sus dos hijos y posó como modelo para algunos de sus cuadros como “La jupe blanche”, 1937.

Vivieron en Ginebra, Berna y Friburgo hasta que, finalizada la guerra, pudieron volver a Paris. Allí, se hizo amigo de Picasso y Miró, pero se mantuvo alejado de su senda artística, despreciando el arte abstracto. El lograba asombrar a todos con el misterio de sus composiciones figurativas, pobladas de niñas en plena pubertad.

Picasso apreciaba su pintura. Según sus memorias, le dijo a Balthus:

“Eres el único de los pintores de tu generación que me interesa. Todos los demás quieren ser Picasso. Tú no”.

Su amigo mas influyente fue el escritor y filósofo André Malraux. En 1961, siendo Ministro de Cultura en Francia, nombró a Balthus Director de la Academia Francesa en Roma donde pasó 16 años.

Su vida en la bellísima Villa Medici le proporcionó un anonimato matizado por el ascenso en la cotización de sus obras. Allí se dedicó a restaurar las decoraciones murales del edificio y desde entonces, la técnica del fresco estuvo muy presente en su pintura. En 1962 junto con Malraux, viajó a Asia, donde conoció a una joven traductora japonesa, Setsuko Ideta, de 19 años. El tenía 54.

Balthus

El matrimonio del pintor con Setsuko, 35 años más joven, consolidó su pasión por el arte y la filosofía japonesa. Ella, que le admiraba ciegamente, mezclaba sus colores, dando un brillo especial al cromatismo de su paleta.

Su dandismo se manifestó en una impresionante colección de kimonos y prendas orientales, que vestía a diario. La fabulación sobre sus orígenes formó parte del mito de su paraíso perdido. Balthus, que atribuyó a su padre el Condado de Rola (Polonia), hizo bordar su escudo en kimonos, ropa de cama, toallas…

Al abandonar su puesto de Director en la Villa Medici de Roma (1977), su deseo de retirarse del mundanal ruido, le llevó a comprar un hotel abandonado, el chalet más grande de Suiza con 5 plantas y 113 ventanas. Allí instaló un enorme estudio y vivió 24 años con su mujer y musa, Setsuko, la hija de ambos, Harumi (hoy famosa diseñadora de joyas) y con sus nietos, hasta el fin de sus días. El Grand Chalet de Rossinière tiene aires de castillo encantado. Es un monumental edificio del Siglo XVIII, cerca del lago Léman, que hoy alberga la Fundación Balthus, creada por Setsuko y Harumi.

Balthus

Desde muy joven, su obra estuvo bien valorada por una minoría que adquiría sus cuadros a precios considerables. Al reconocimiento público, le siguieron sus brotes de grandeza.

Decidió que tenía un pasado aristocrático y se convirtió, con mucha imaginación, en el Conde Klossowski de Rola. Además presumía de un remoto parentesco con el célebre escritor Lord Byron por parte de una abuela escocesa.

Incluso recreó la genealogía de su madre, Baladine, que trasladó a una familia protestante del sur Francia, ricos comerciantes sefardíes emparentados con el Emperador ruso, el zar Nicolas Romanov. Pero esto, como otras muchas cosas, son leyendas inventadas de un artista genial.

A Balthus le gustaba bromear diciendo que por nacer un 29 de febrero sólo cumplía edad cada cuatro años. Su longevidad le posibilitó atravesar todo el siglo XX como uno de los artistas mas independientes. El prefería calificarse de artesano.

Fue testigo de todos los movimientos y vanguardias europeas y americanas. Como por arte de magia, siempre se mantuvo al márgen como espectador silencioso. Desde su primera exposición en Paris en 1934, el estilo sobrio, contenido y la atención simbólica a los objetos contrastan con la ambiguedad temática.

“Deseo buscar lo extraordinario en las cosas ordinarias… sugerir, no imponer, mantener un toque de misterio en mis pinturas”

Uno de los elementos más polémicos de su pintura son esas figuras femeninas de adolescentes dotadas de una sexualidad ambivalente, entre la inocencia y la provocación. Aún hoy, después de su muerte, son objeto de críticas por parte de sectores moralistas conservadores.

Balthus

Sus pinturas mas criticadas fueron inspiradas por una sobrina que vivió con el y otra niña vecina, Therese, a quienes pedía que posaran para él desnudas.

El pintor siempre dijo que sus niñas no eran sino “ángeles”, una calificación ambigua, entre lo profano y lo religioso, que hay que destacar teniendo en cuenta la confesada religiosidad del artista. Devoto de la Virgen de Czestochowa, llegó a visitar al Papa Juan Pablo II y según sus propias palabras: “Pintar es rezar”.

“Lo que deseo pintar es el secreto del alma… la tensión oscura y a la vez luminosa de su capullo aún sin abrir del todo”.

Balthus repitió sus temas favoritos: niñas adolescentes ensimismadas, dormidas, mirándose al espejo, desnudas, quitándose la ropa y en actitudes poco ortodoxas.

Ya en su primera exposición en 1934, su obra “La calle”, provocó un escándalo por representar un episodio de acoso. Suscitó una encendida polémica hasta el punto de que el comprador le pidió que volviera a pintar la mano del acosador más separada de la niña en el cuadro original.

Balthus

No fueron estas adolescentes las únicas que escandalizaron en sus exposiciones. En “La lección de guitarra” presenciamos el castigo de una alumna cuya ropa es rasgada por la profesora. La violencia es explícita. Las connotaciones sexuales, evidentes. El tono se rebaja en escenas cuya calma no deja de resultar inquietante.

Se podría decir que Balthus consiguió pintar la adolescencia envasada en silencio. Sus lienzos hablan de evasión, misterio y un pseudo misticismo repleto de incógnitas.

En los retratos de Therese Blanchard, hija de sus vecinos en Suiza, la actitud es grave y consciente. La contemplación se tensa.

Es necesario acercarse a estas obras desde la perspectiva del mundo de los sueños y especialmente del Surrealismo cuya esencia Balthus compartió con creadores como Salvador Dali y Jean Cocteau. Las teorías de Sigmund Freud cargaron de sentido las fantasías diurnas, conscientes o subconscientes, de los artistas.

Balthus

La sexualidad freudiana se exploró desde una perspectiva simbólica, estrechamente vinculada a la infancia.

Si a Dali este enfoque le llevó a la sugestión del juego visual, Balthus se adentró en el aislamiento de adolescentes que duermen para huir de su encierro. Como en “Les enfants terribles” de Jean Cocteau (1929), los muros definen un espacio de emociones confusas.

El mismo Balthus huía de una realidad que le incomodaba. Tras la Segunda Guerra Mundial encontró su refugio en el Château de Chassy, en Borgoña.

En la década de 1930 fue intimo amigo de los pintores Andre Dérain y Giacometti. Pero fue su amistad con un escritor, la que le sacaría de su vida hermitaña en Francia. El culto a la personalidad de los artistas contemporáneos le enfurecía.

“El artista debería difuminar su persona cada día… encontrarse en el acto de pintar y olvidarse de uno mismo”

Sin embargo, una vez mas brilla por su contradicción, pues no se olvida mucho de si mismo cuando en su autorretrato con años 30, escribió una inscripción:

“Su Majestad el Rey de los Gatos, pintado por sí mismo.”

En 1968, con ocasión de una exposición retrospectiva dedicada a Balthus en la Tate Gallery de Londres, su comisario John Russell, solicitó al artista datos para publicar una biografía en el catálogo. El pintor respondió:

Balthus es un pintor de quien nada se sabe. Y ahora echemos un vistazo a las pinturas”.

Medio siglo después, son muchos los interrogantes acerca de su obra que permanecen como incógnitas.

“¿Cómo pueden pensar que estos niños están aburridos?“

Declaraciones como esta, del propio pintor, reflejan una asimetría entre lo que el pretendía expresar en sus obras y lo que el público percibe. La más evidente es la negación del supuesto erotismo que se atribuye a sus personajes. En una entrevista realizada pocos años antes de su muerte afirmó que el único punto que le unía a “Lolita” el personaje literario de Nabokov era el sentido del humor.

“Mis figuras adolescentes encarnan el futuro, el ser antes de serlo, la belleza perfecta. Esa es la razón por la que no pinto mujeres adultas desnudas.“

Ante estas reflexiones cabe plantearse si Balthus era sincero o, si, simplemente, pretendía eludir las críticas. El erotismo que emana de la obra suele partir de la mirada del artista.

Balthus
The Cat in The Mirror Painting by Balthasar Klossowski De Rola Balthus; The Cat in The Mirror Art Print for sale

Para Sigmund Freud, la solución para este aparente contrasentido habría sido fácil. Balthus afirmaba que nunca había dejado de mirar el mundo como un niño. Su infancia fue un refugio, un entorno paradisíaco que se descompuso al comenzar la adolescencia y estallar la guerra.

Desde siempre, estuvo obsesionado con representar la infancia, esa infancia retratada por Lewis Carroll en “Alicia en el país de las maravillas” y por Alicia Liddel en sus fotografías, ingenuas y eróticas al mismo tiempo. Su pintura evoluciona desde una nitidez perfilada, que en ocasiones recuerda a la Nueva Objetividad, a una ambiguedad borrosa propia de la pintura italiana del Renacimiento.

La vida de Balthus está llena de misterios que él mismo cultivó, no dando entrevistas o difundiendo datos contradictorios o falsos.

Balthus

Para Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, lo importante es mirar sus cuadros:

“En ellos están su verdad y su valor”.

Los comisarios de las últimas exposiciones en Basilea y Madrid, Raphael Bouvier y Angel López-Manzanares, intentan desbrozar su historia, asumiendo que todo es cuestionable.

Una de las grandes especialistas de su obra es Sabine Rewald, conservadora del Metropolitan Museum de Nueva York. Coincidiendo con la exposición en el Museo Thyssen de Madrid, exploramos la trayectoria vital del artista.

Lo que mas desconcierta a sus críticos es que el decía de si mismo que era un pintor religioso. En su biografía “Memorias” (Editorial Lumen, 2002), escribió:

“Siempre empiezo un cuadro rezando”

En 2001 Balthus murió en su “castillo privado” con 93 años. La cabecera de su cama estaba presidida por una imagen de la Virgen de Czestochowa, patrona de Polonia y un rosario, regalo del Papa Juan Pablo II.

Con estos datos contradictorios, nos hacemos una vaga idea de la esencia del pintor. Completa el retrato, su indiferencia por las Vanguardias del siglo XX, su admiración por los antiguos maestros de la pintura, su pasión por Piero della Francesca, Masaccio, David, Poussin, Chardin y Courbet, su fervorosa devoción por el Museo del Louvre, que fue su academia personal de arte.

Balthus

Tras su muerte, aún continúa el escándalo. Siguiendo con las contradicciones y rompiendo todo estereotipo, varios cuadros de Balthus han sido motivo de encendidas polémicas, por representar adolescentes en posturas provocativas.

Cuando se expuso en el Metropolitan Museum de Nueva York, su pintura “Thérèse soñando” (1938), provocó la captación de más de once mil firmas pidiendo su retirada del museo. Si algo muestran los cuadros de Balthus, es que hay muchos y delicados matices entre el deseo y la inocencia. O entre la frescura de la juventud y el antiguo misterio de la vida.

“La belleza no es sino el comienzo de lo terrible”
Rilke

Parece que no hay ruptura entre lo sagrado y lo profano. Por eso Balthus podía decir que las jóvenes de sus cuadros son ángeles. Si algo muestran su obra, es que hay muchos y delicados matices entre el deseo y la inocencia. Otra vez en sus “Memorias”, advierte:

“Hoy día se desconocen las virtudes milenarias del silencio y el trabajo, del diálogo secreto y profundo con lo invisible, que para mí, es también lo divino. Es la reconstrucción aparente en el lienzo, que viene de muy lejos, de un lugar muy antiguo”.

Balthus fue un defensor del oficio de pintar aunque creó apenas tres centenares de cuadros. Renoir pintó 5.000 y Picasso 45.000 obras.

Balthus

Balthus practicó siempre un realismo intemporal, a lo largo de su larga existencia pues vivió casi un siglo (1908-2001). En la mayoría de sus lienzos sentimos un silencio particular. Procede de la desconexión de las figuras, que casi siempre se ignoran. También nos transmite una extraña suspensión del tiempo. Quizás percibimos el eco de antiguas composiciones, que como espectadores, tenemos guardadas, sin saberlo, en algún lugar de la memoria visual, en el subconsciente colectivo que nos descubrió la filosofía de Jung.

Opuesto a los dogmas de las vanguardias, Balthus prefería a Piero Della Francesca antes que a cualquier pintor moderno. Sin embargo, Picasso, le visitaba a menudo en su estudio y le admiraba por el coraje con que desafiaba a los renacentistas quienes, como Miguel Angel y Leonardo Da Vinci, habían incorporado la psicología a la pintura.

Balthus

Pero a Balthus la psicología no le interesa. No pretende descubrir caracteres, no quiere describir personalidades. Ambiciona desvelar lo que hay de inmaterial en la condición humana, lo que sólo podemos observar del otro, si lo contemplamos muy atentamente. Lo que se ve, pero no se puede atrapar. Lo que intuimos, pero no sabríamos expresar. Lo inefable. Lo que no es ni cuerpo ni carácter: la ambiguedad de una existencia. Balthus atrapa lo inefable, o como dijo otro escritor:

“El corazón palpitante del mundo…”
Albert Camus

Deseo, asombro, soledad, erotismo e inocencia son solo algunas de las emociones que surgen de la incertidumbre y el caos en la obra pictórica de Balthus. Fue un artista hecho a sí mismo, el perfecto autodidacta a contracorriente de todos los Ismos de la cultura europea del siglo XX.

Con su arte, Balthus atrapa corazones palpitantes y los detiene en el tiempo.